La hierba estaba absorbiendo los fluidos corporales de Krimilda. Sangre y tripas se me mezclaban en un color café intenso, algo tornasolado, casi psicodélico a la luz del sol. Malditos trotatiempos. ¡Me tienen harta!, se dijo la dragona. El susto que le dio ese cabrón al aparecer súbitamente con su máquina del tiempo le hizo dar un fatídico paso lateral. La pobre princesa perdió la vida aplastada bajo la planta de su enorme pie. Con el buen sexo que teníamos, ¡Mecachis! Había previsto jubilarse y pasar una maravillosa vejez a su lado. Si pillaba al inventor de esos putos ingenios le iba a dar un buen tratamiento flamígero. Carboncito del bueno.
Pero ahora estaba allí, con su amante hecha potito. Y ese visitante (no de otro planeta, no, un visitante temporal) haciéndole fotos. Se imaginó a sí misma dándole tal patada que lo mandaría más allá de la atmósfera para ser atropellado por otro tipo de viajeros, viajeros espaciales que lo harían rebotar entre las estrellas como una bola de millón. Pero se lo pensó mejor; quería que sobreviviera, pero jodido. Primero le dio un coscorrón para dejarlo atontado. Después controló sus llamas y lo cocinó un poquito, lo justo para que le doliera el resto de su días. Cuando ya no se podía mover, cogió la cámara y sacó unas cuantas polaroid. ¡Dios, que a gusto se había quedado! Y eso que dicen que la venganza no compensa. ¡Una mierda!
Colgó al maldito trotatiempos por un pie y le comprobó el pulso. Sí, está vivo. Tiró el guiñapo y las fotos dentro de la máquina temporal de malas maneras. El pobre turista quedó bocabajo en el asiento. metió la zarpa en la cabina y apretó el botón de regreso. La cámara me la quedo. ¡Adiós! El artilugio desapareció inmediatamente, de vuelta a su época, dejando el olor característico a ozono.
Miró los restos de su amada con tristeza. Se acercó y acarició su carita dulce. Parecía dormida. Le dio un beso en la frente, se alejó unos pasos y levantó la cámara: click. Con lo bien que besaba, la jodida, pensó Fiammetta mientras aventaba la fotografía, esperando el revelado. Su cuñada Brunilda tampoco está nada mal, se le ocurrió. Además, cargarse al marido, el rey Gunter, sería un puntazo. Aunque quizás mejor no, debería buscarme una querida con más cuerpo, algo más grandota. Los humanos son tan delicados…

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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