Lo malo de ser un fantasma, aparte de la evidente incapacidad de oler el pollito, de saborear el fuagrás o de frotarse contra unos pantalones de pana, es que se dificultan mucho las labores de rescate. Ser incorpóreo es una caca. Si el alma pesa algo, en verdad que debe pesar poquito, ya os lo digo. Echar una pata en estado inmaterial es imposible. Y claro, cuando adoras a tu amito, cuando harías cualquier cosa por él, funcionar en modo espíritu no ayuda nada.
Os explico:
Quique me ganó desde el minuto cero. Pero no fueron mimos, no:
—¡Le llamaremos Pato! ¡El gato Pato! —gritó el día que me adoptaron, levantándome en el aire.
Y yo, que ya tenía el zarpazo a medio camino, caí profundamente enamorado. Le agarré la cara y lo besé en la boca. Desde entonces me convertí en su fiel servidor. Todos mis planes de convertirme en un malvado minino naranja se fueron al traste. Bueno, no todos; pasé a ser el fiel escudero de sus travesuras. Era mi mentor, mi maestro.
El infortunado día en el que me transformé en espectro tenía el equivalente humano de unos diez años, osea, bastante gañán. Quique estaba en el cole, así que su madre decidió meterse en la bañera aprovechando el momento de tranquilidad. El agüita caliente hizo bien su trabajo —la teníamos bien enseñada—, así que se quedó traspuesta a los pocos minutos. Yo andaba jugando por el baño con Jabón, uno de mis buenos amigos, cuando mi proveedora de pollito se despertó sobresaltada.
—¡Jopé, voy a llegar tarde! —y salió corriendo desnuda, toalla en ristre, mojándolo todo a su paso. Ya no volvió a entrar.
Persiguiendo a Jabón me caí al agua. Cuando oí salir a mamá de casa ya iba por la cuarta vida. Compungido, me estiré en el fondo de la bañera hasta que se agotaran las tres restantes.
Ahora acompaño siempre a Quique. Va con su nueva mascota a todas partes, un morrongo anodino, de pelo calicó algo descolorido.
—¡Pollo! ¡A este lo llamaremos Pollo!—gritó Quique esta vez.
Pollo era idiota. Como todos los gatos, puede ver a los espíritus. Yo intentaba ser agradable con él, pero creo que me tenía celos. Después de un par de intentos de hacerme su amigo, decidí hacerle la vida imposible: le estropeaba el pollito, le escondía el fuagrás, cargaba de estática los pantalones para que se le pusiese el pelo de punta al frotar…
Pero, ¿qué queréis? Adoro a Quique, con locura. Ya le costó mucho superar mi pérdida y no estaba dispuesto a que volviera a pasar por algo así.
Y hoy, ese idiota tricolor, haciendo el burro, se quedó colgando del cordón de la cortina, con el cuello tan enredado que ni siquiera podía maullar para pedir socorro. Tenía que darme prisa, se estaba ahogando y no había nadie en la habitación.
Mis intentos etéreos de acercarle la tela fracasaron. Así que llamé a Viento para que la empujara desde fuera, pero como es un poco bruto, casi degüella al pobre gato.
—Más despacio, bestia, que te lo vas a cargar —le dije—. Si vas con cuidado, desde abajo, para hacer bolsa, a lo mejor puede agarrarse con las uñas.
Viento me hizo caso. Se acercó en brisa, poco a poco, sin prisa, haciéndose cosquillas en la barriga con las puntas del césped recién cortado. Después cogió impulso y salió disparado hacia arriba, pegadito a la pared. En una graciosa finta final, esquivó el alféizar de la ventana para acabar chocando con la cortina, que se hincho toda, vanidosa.
Pollo pudo enganchar sus uñas al visillo y coger el suficiente aire para empezar a maullar lastimeramente hasta que llegó Quique y lo rescató. Ahora están los dos en la cocina, haciéndose mimos y comiendo pollito. Qué envidia.
Por no verlos he recogido a Viento, que se había quedado espachurrado en la moqueta de la habitación, y hemos salido juntos al patio. Allí nos esperaba el césped. Se han puesto a jugar. Creo que se gustan.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
Descubre más desde Barcelona Escribe
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


