Además de ganar dinero, si de algo me declaro absolutamente incapaz es de tomarme en serio.
Lo digo totalmente en serio. He tenido recientemente una de esas épocas recurrentes en la que los grifos se declaran obsoletos, los electrodomésticos envejecen mal y los lampistas se adueñan de tu sistema nervioso, perjudicando seriamente tu ya de por sí precaria economía doméstica. Son estas razones las que me llevaron a designar como guardián de mis ahorros a Juan Jacobo Beiconson de LaGranje1, un cerdito hueco de cerámica —rosa, para más referencia— dotado de ranura cenital en el lomo y orificio de salida inferior con tapa de goma en los bajos. Camino a febrero, todavía sigue vacío.
Podría haber confiado la tarea a cualquier hucha en forma de cántaro clásico, como esas que salen en los iconos de internet, pero me da la sensación de que la falta de simpatía formal por parte de tales utensilios acabaría por hacerlo languidecer, escondido en cualquier estante, ejerciendo como desacertado soporte para libros.
El nombramiento de «Juja», uno de los posibles apodos del gorrino, me trajo reminiscencias de la infancia. Mi primera alcancía, que yo recuerde, fue Pelefán, un paquidermo de plástico —blanco con detalles rojos y azules en la silla de circo superior, para más referencia— dotado de ranura cenital en el lomo, orificio de salida inferior con tapa de llave en los bajos y un mecanismo que lanzaba la moneda depositada en la trompa hacia el interior trazando un arco de inusitada mala leche.
Aquel dispositivo estaba accionado por una palanquita tras la silla que soltaba al padre de todos los muelles. No había mano, ni joven ni vieja, que no palideciese ante el terrorífico y ensordecedor ¡ta-clac! Nunca falló, nunca perdió fuerza, nunca lo vi flaquear, hasta la desaparición del artilugio tras mi tardía adolescencia.
Hubo muchos lesionados, como es de suponer. Pelefán era muy atractivo y el dispositivo despertaba curiosidad y un cierto desafío. Todo el mundo se sentía tentado a disparar la trompa del elefante, aunque los despistes se pagaban muy caros. Es cierto que la ausencia de cantos vivos evitaba la sangre, pero la colección de morados, dedos hinchados y capsulitis nunca dejó de crecer. Y, como suele ser habitual, siempre hay algún amigo gilipollas. El imbécil de Mario decidió probar el poder del muelle en su cabeza, pero su poco talento y la mala fortuna le salvaron de morir con las meninges desparramadas por el suelo: el impacto le dió en toda la oreja y la moneda disparada le fue a parar a la boca. Estuvo a punto de tragársela. A pesar del susto, todavía me río recordando los gritos, las lágrimas y las toses simultáneas.
Eché mucho de menos a Pelefán. Además de torturador de amistades y familiares, siempre fue un excelente compañero de juegos. Me hubiese gustado conservar al menos su muelle plenipotenciario, aquel fenómeno de la tecnología, aquella fuerza primigenia que despertaba miedos atávicos en todo aquel osado que se atreviera a rozar la palanquita. Jamás volví a tener una hucha con dispositivos de ningún tipo, me limité a poner las monedas en botes de mermelada.
Ya se huele la primavera. Veremos cómo se porta Juan Jacobo. Aún sigue vacío. Me declaro absolutamente incapaz de ahorrar.
s3r r4Rø
- Joseph Louis Lagrange fue pionero en teoría del caos, descubrió atractores extraños y acuñó el término «efecto mariposa».
Los puntos de Lagrange son lugares en el espacio donde las fuerzas gravitacionales de dos cuerpos masivos, como el Sol y un planeta, encuentran un equilibrio, lo cual facilita que un objeto de baja masa pueda orbitar allí (una nave espacial, el telescopio Hubble, un asteroide…). ↩︎

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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