No dejo de pensar en ti, sentado en la barra. Acaba de pasarme por encima un tipo, volando, todo desmadejado. Aterriza en la mesa de al lado, dejando a la pareja de viejecitos con los cubiertos a medio cortar, suspendidos en el espacio donde antes había un chuletón, pimientos rellenos y vino bueno. Olivas también, creo.
Me dejaste y no dejo de pensar en ti. Un gordo calvo patea la cabeza de la chica de los tejanos rojos. Guapa, aunque no por mucho tiempo; las Martin’s están haciendo su trabajo. Me temo que es la novia del sujeto volátil.
No dejo de pensar en por qué me dejaste, cuando uno de los camareros, todo atlético, salta la barra, pisando al caer la cola de Colilla. El perrete sale a la calle gañendo de dolor. Oigo un frenazo. Pobrecillo.
Dejaría de pensar en ti, pero el bullicio de la bronca me absorbe el seso, hace como de pantalla. ¿Cuándo aparece ese bate en manos del camarero? Lo parte en la boca del gordo, quien, nada más caer al suelo, pierde una oreja. Tejanos rojos sonríe satisfecha con el trofeo ensangrentado en la boca. Lo escupe antes de perder el sentido.
Dejaría de pensar en que me dejaste, pero aparto la mirada al ver cómo se desencaja la mandíbula del camarero de un botellazo. La mano que sostiene el arma es de otro calvo, esta vez algo más delgado; amigo del gordo, supongo. El crujido del hueso bajo el cristal armoniza con el de mi corazón haciéndose pedazos.
Pienso en si podría haber hecho algo para que no me dejaras. El local estalla en caos. Los amigos de unos y de otros, armados o desarmados, a cuchilladas, a puñetazos, a patadas… se desencadenan en campal batalla. La madre de todas las batallas.
Suspiro.
Recojo la botella del suelo. Ha resistido. ¡Uau! Glenrothes 18, me escupe la etiqueta al apartar sangre y saliva.
Quizá lo imaginé y no me dejaste. Mientras destapo y me sirvo, sueño que abres la puerta y entras en el bar. Pero no; es Colilla que vuelve. Mejor, me cae bien ese chucho. Vuelve a poner paz, pero la paz se ha puesto sola.
***
Ya recogen los camareros, con prisa. Hay que llevar al herido al hospital. Pido otra botella. Me miran mal, pero aparece una delante de mí. Esta vez del malo.
—Aquí le dejamos —me dice el que parece manejar el cotarro, aupando al lesionado. Salen abrazados, dando un portazo. La bajada de la persiana ahoga el tintineo del avisador.
Colilla se tumba a mis pies, resoplando de tranquilidad, lamiendo las gotas de whisky que derrama mi pulso precario. Sentado en esta barra, no puedo dejar de pensar en ti.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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