Cuando estalló el motín, escondí la maleta de los cachivaches en la cámara frigorífica del matadero. Solo faltaba que me pillasen con todos los artilugios «modernos» que me traje del siglo XXII. Si los encontraban acabaría de firme candidato a ser colgado de un gancho, como el montón de futuras vaquitas sin futuro que se balanceaban a mi alrededor.
Lo difícil iba a ser ocultar la máquina del tiempo. Era un modelo demasiado aparatoso, repleto de tubos de cristal, bronce y madera de bubinga; desentonaba demasiado con las mesas ensangrentadas y decoradas con restos de casquería. Tenía la esperanza de que los sublevados, en su ceguera destructora, pasasen de largo. De manera instintiva, abrí la faltriquera, me eché un par de almendras a la boca y mastiqué nervioso. Mal vicio; cualquier día me quedaría sin combustible para volver.
Había viajado a una época muy dura. La jauría de hambrientos atacó el lugar, hartos de ver tantísima carne que jamás llegaría a sus platos. Avanzaban planta por planta: primero decapitaron a todos los deshuesadores, después electrocutaron a los sacrificadores y ahora perseguían a los manipuladores y a los desolladores con abyectas intenciones, armados con pieles, huesos e intestinos.
Por suerte no me dio tiempo a disfrazarme. La idea era hacerme pasar por uno de los trabajadores y secuestrar a la «Ternera Primigenia», un bicho genéticamente privilegiado que iba a solucionar los problemas de hambruna en un futuro no muy lejano.
Me salvaron las dudas. El cronotrasto era enorme, pero no sabía si semejante animal cabría dentro conmigo. Estaba totalmente bloqueado cuando, en un ataque de lucidez, decidí sacar la maleta de los aparatos raros —muchos aún no sé cómo funcionan—, y hacer un poco de sitio extra. Ya pasaría más tarde a buscarla. Lo primero es lo primero: salvar a la vaca.
Y así, la rebelión me cazó aún con ropa de calle. Me uní a ellos, incluso alivié mi angustia corriendo por los pasillos y gritando consignas como un energúmeno. Por lo menos podría empezar a buscar la puñetera becerra…
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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