Tadashi no recordaba bien la cara de su madre. Solo algunas imágenes sueltas: su kimono azul ondeando con el viento en Okinawa, el olor dulce del arroz con tofu y jengibre, una canción que tarareaba en voz baja sobre una hermosa yegua galopando mientras él jugaba con su hermano pequeño. Luego, todo desapareció.
Tenía cinco años cuando su madre, Makiko, se marchó sin decir adiós. Fumio, su hermano, apenas tenía dos.
Su padre, que trabajaba en Vietnam, volvió en cuanto pudo. Tardó varios días. Cuando llegó, ya no había rastro de Makiko. Nadie sabía a dónde había ido ni siquiera la vecina a quien les había dejado los niños. Lo único que supieron es que lo había dejado todo atrás.
El padre decidió llevar a los niños a Hong Kong, donde vivía su tía, para que alguien los cuidara. Allí crecieron, entre comida callejera, calles ruidosas y recuerdos que nadie nombraba.
Cuarenta años después, Tadashi vivía en Barcelona. Un día, tomando un té con su amiga Anna, le habló de su madre por primera vez.
—Si solo tengo su nombre… ¿crees que podrías buscar algo? —le preguntó.
—Claro que sí —le respondió Anna—. Iré a Japón el mes que viene. Haré lo que pueda.
El único dato que tenía era un nombre: Makiko Hayashi, y la ciudad de Naha, en Okinawa.
Anna hizo todo lo posible. Encontrar a Makiko era como seguir el rastro de una sombra que se esconde en una madriguera sin fondo: cada pista llevaba a otra más honda, más incierta. Buscó en oficinas, preguntó en calles, incluso habló con una señora mayor que recordaba que una mujer japonesa se fue con un coronel americano. Los archivos del registro estaban quemados por un incendio de hace años, por lo que no había ni siquiera registros de muertes ni defunciones. Pero una pista surgió: Houston, Texas.
Semanas después, Tadashi recibió un enlace. Era una videollamada. Al otro lado de la pantalla, una mujer mayor, con los mismos ojos que él.
—Lo siento tanto… —dijo ella, con la voz rota—. No fue fácil. Me sentía atrapada. Quería empezar de nuevo. Y cuando me di cuenta, ya era tarde para volver atrás.
Tadashi no sabía qué decir. Durante años había sentido una mezcla de rabia, tristeza y silencio. Pero ahí estaba ella. No como un fantasma del pasado, sino como una mujer real, envejecida, pero viva.
Poco a poco, empezaron a hablar más. No hablaban del pasado con detalle, pero se escuchaban. Fumio también se unió más adelante. No era perdón lo que buscaban, sino paz.
Un día, Tadashi le escribió:
«No entiendo lo que hiciste, pero quiero mirar hacia delante. Gracias por no desaparecer del todo.»
Ella respondió con una imagen: un hilo rojo atado a la rama de un cerezo. Y Tadashi sonrió. Porque entendió que hay lazos que no se rompen. A veces, solo se tensan. Pero siguen ahí. Esperando.
Relato escrito en el Taller de Escritura Creativa del 19/08/2025
Consigna: “Según la tradición japonesa y china, existe un hilo invisible que conecta a las personas que están destinadas a encontrarse, sin importar el tiempo, la distancia o las circunstancias. El hilo puede enredarse, tensarse… pero nunca se rompe.
El ejercicio de hoy: Escribir una historia de un reencuentro marcado por ese hilo rojo. Una historia donde dos almas, tarde o temprano, se vuelven a cruzar.”
Palabras propuestas: Muerte, Yegua, Madriguera
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