Tragón disfrutaba saltando de la nevera al congelador. Tenía que esperar a encontrar ambas puertas abiertas, cosa que no ocurría a menudo. Aunque vivían dos niños en la casa, eran poco de helados y solo podía hacerlo a la hora del hielo para los gin-tónics nocturnos, cuando los enanos se quedaban fritos y los mayores cauterizaban las neuronas para poder soportar después el tedioso sexo.
Como era un dragón de hielo, le resultaba mucho más fácil cuando iba desde el congelador al frigorífico. Funcionaba mejor a bajas temperaturas, el hielo le permitía movimientos mucho más ágiles que los de la simple frescura de tapers, botellas y cartones de leche. Además, las gotitas que se le metían entre los dedos palmeados le daban repelús.
De hecho, conoció a Luna un día que se quedó afuera. Le cerraron la puerta en los bigotes cuando resbaló con la tapa de una fiambrera vieja que cerraba mal y se le encalló la cola en el pollo al chilindrón octogenario que contenía. Casi se muere de asco. Y de calor. Quedó colgando bocabajo, hecho un lío con un imán en forma de lagarto, al lado del dispensador de agua fresquita.
Por suerte pasaba por allí la dragona de los fogones. Venía del horno, toda disfrutona, pringada en aceite de tanto frotarse con el pollo asado. Se colgó invertida junto a él y, con su lengua bífida y ese gracioso checheo suyo, le gritó a la cara:
—¿Qué te paaacha, Blue? ¿T’han chapao la cueva?
—¿Por qué chillas? Me estás descongelando las pestañas.
—Acúfenos, asulón. Ahí dentro hase musho caló y ruido de fritanga, ¡chorry! —sin dejar de deshacer el nudo de la cola con sus patas traseras, continuó— ¡Tas guapo, gachón! No t’había visto tan de cherca. Vas chiempre tan achelerao…
En verdad que es guapa, la puñetera, toda roja y aceitadita, pensó Tragón. ¿Como no me fijé nunca en ella?
—Vamos, achércate al fregadero, que ties la cola llena de moho —le dijo la dragona una vez deshizo el nudo.
—¿Cómo te llamas?
—¿Yo? Luna —respondió, frotando la cola de Tragón con energía bajo el grifo—. Pero mis colegas me llaman Tea o Pirómana. También Loca incendiaria de los cojones, pero creo que de broma.
—Nunca te había visto por esta cocina.
—¡Claro! Estás tol día ahí dentro, abrazao al pote de Haagen Dazs… —ladeó la cabeza, pizpireta, y preguntó— ¿Te vienes a dar un garbeo por el pollo?
Ese fue el primer y último acto de valentía del pobre dragón de hielo. Tratando de seducir a Luna, se lanzó de cabeza en la bandeja llena de aceite. Se produjo un chisporroteo y ya no volvió a salir más.
Luna sigue enfadadísima. Nunca la habían dejado tirada de ese modo.
Las cubiteras echan de menos a Tragón. Era un gran conversador.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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