La carta llegó un lunes cualquiera por la mañana.
Era una hoja de papel reciclado, del tipo común que suelo utilizar y que compro de vez en cuando. No suelo recibir cartas —menos aún en esta época, donde todas las comunicaciones se hacen por correo electrónico o mensajería instantánea—, pero esta vez era diferente.
El sobre llevaba una letra muy parecida a la mía, escrita con pluma de tinta azul. Solo había una línea:
“No cojas el tren de las 8:30. Tú sabrás lo que haces.”
Era extraño, pero no le di demasiada importancia. En ese momento, mi única preocupación era esperar a que terminara el centrifugado de la lavadora. Tenía que tender la ropa y salir disparado, porque ya llegaba tarde a la oficina. Por suerte, vivía cerca de la estación y todavía eran las 8:15.
El tren aún no había llegado, pero de pronto me acordé de la carta.
A las 8:30 debía pasar el cercanías R1 que me llevaba al trabajo. Si lo cogía, aún llegaba a tiempo para fichar.
Pero hice caso a la advertencia. Dejé pasar el tren. No subí.
El convoy partió.
Yo me quedé en el andén, solo, con el sobre en el bolsillo y una extraña sensación de vacío.
Veinte minutos después llegaron las noticias: un descarrilamiento en la línea principal. Veinte muertos y cincuenta y dos heridos. El conductor había excedido el límite de alcohol y no respetó las señales que indicaban reducir la velocidad en una curva peligrosa.
Entonces sonó mi teléfono. Número oculto. Contesté.
—¿Ha funcionado?
No supe qué decir. Me quedé en silencio.
Era una voz parecida a la mía, pero alterada.
—Ya sabes qué hacer —dijo—. Has de escribir la carta. Esta noche. No falles.
Pensé que era una broma, pero la llamada se cortó.
Esa noche escribí la carta, asegurándome de poner bien la dirección: la mía.
La semana siguiente, otra carta apareció en mi buzón:
“No vayas al parque de las Infantas.”
Esa misma noche, una mujer murió allí, víctima de una descarga eléctrica por un cable suelto en una farola.
Y otra vez, la misma llamada.
Después vinieron otras instrucciones:
“No hables con la señora del abrigo rojo.”
“No subas por el ascensor del centro comercial.”
“Tira las llaves del coche.”
Un día decidí buscar el origen. ¿Quién enviaba las cartas? ¿Cómo podían predecir el futuro?
Descubrí que siempre tenían la misma caligrafía. El mismo papel. El mismo estilo. El mismo remitente: yo mismo.
Y ahora, cada semana, espero.
Espero la próxima carta. El siguiente sobre.
La siguiente advertencia.
Porque, en algún rincón del tiempo, yo ya las escribí todas.
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