Lo soñé.
Soñé que iba haciendo puntas, dando saltitos en relevé por el andén, vestido con mi tutú reglamentario, y en cada pirueta, en cada arabesque, daba un soberbio empujón para tirar a alguien a la vía.
Tal era mi estado.
Tras cuarenta minutos de sudor propio y ajeno, tras pisotones y empujones, tras soportar un aire asesino de origen polar procedente del techo, va el puto metro y decide estropearse.
Y seguí soñando…, mis elegantes brazos repartiendo bofetones…, mis caderas, hábiles culatazos… ¡Todos a la vía, cabrones!
Sopotocientas personas apelotonadas, deshaciéndose en efluvios corporales, esperando el siguiente convoy. Niñatos imberbes ocupando los bancos con sus móviles y sus mochilas llenas de carpetas, libros de mitología y rotuladores gastados.
¿Lo soñé de verdad? Realmente me apetecía tirar gente a la vía, sobre todo a los adolescentes, pero estaban situados lejos del borde. Así que descargué mi rabia en cualquiera que se quedara de pie.
Seguí repartiendo leña hasta que la gente, aterrada, se dio cuenta de mis intenciones y empezó a dejarme un pasillo, como si un bisturí hubiera cortado aquella muchedumbre de piel y sudor. Por esa hendidura entraron los de seguridad. Venían con cuidado, con sus porras en ristre, alarmados por el gran número de caídos. Sudados por el calor y por el miedo, me rodearon. Con un soberbio spagat pateé la boca de dos de ellos, pero el tercero, más alto y fornido, llevaba un taser y me cazó en el aire. Me lo aplicó directamente al escroto, por debajo del tutú, en mi momento de máxima apertura. Caí a plomo sobre el suelo embaldosado. De cara.
Ahora dudo de que fuera un sueño; estoy esposado, no puedo soportar el dolor de mi entrepierna y, sobre todo, el de mi boca. Cuatro de mis dientes, incisivos ellos, me miran desde el suelo ensangrentado; los doy por perdidos.
Lo que no acabo de entender es qué narices hacía yo vestido con maillot de bailarina en el metro.
s3r r4Rø

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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