Y allí andaba La Huesuda, con su carretilla repleta de almas, toda quejicosa. Cabrones… qué trabajo dais… A su lado, la Muerte de las Ratas y la de los Caballos hacían lo propio con sus caídos. El acero y el fango habían hecho bien su trabajo.
En una cañada recogieron a Swordmaster, el as de Los Valientes del Norte, con la cabeza partida en dos por una alabarda. No la vio venir, lo cazaron por la espalda. Tenía la mala costumbre de meterse en todos los fregaos, allí donde hubiese más acción.
También a su escudero Marvin Atrapatruchas, pescador diestro pero infame espadachín. Las tripas resbalaban por el fango dejando trozos a medio digerir de las sardinas del desayuno.
Cayó también el gran Pedrolo Montañas, que hizo honor a su apellido hasta que fue escalado por media docena de niños harapientos que, armados con sus navajitas, lo desangraron sin remedió hasta que se desplomó.
Y, como no, el Bello Novato. Era el capitán, pero todos sabían que iba a caer a las primeras de cambio. Decían que lo alcanzó una saeta perdida, pero en realidad la flecha fue muy certera y vino de su propio bando. La mala costumbre de follarse a mujeres casadas no le dio oportunidad.
La Muerte de las Ratas estaba recogiendo al Rey roedor. Al ser viejo no tuvo tiempo de ponerse a resguardo cuando La Resistencia echó abajo la presa. Murió arrastrado por la corriente, al igual que la mayoría de su camada.
La de los Caballos hacía lo propio con la montura de Bello Novato, que se rompió la pata tras caer su jinete y pereció devorada por la media docena de niños hambrientos. Dieron cuenta de él antes de que terminara la batalla.
La parca equina no había terminado aún de subir el alma del jamelgo a su carretilla cuando se percató de que debajo había un chucho aplastado.
—¿Nadie ha visto a la Muerte de los Perros? ¡Que alguien la avise! Tiene aquí un cliente.
Y lo dejaron allí, y siguieron cada cual a lo suyo. Había un montón de trabajo por terminar.
Enric Gisbert

Corría el 2020 pandémico. En un ataque de locura, inició un sinvivir de autoedición compulsiva. Desde entonces ha publicado las recopilaciones de microrrelato y relato corto Nunca pasa nada, Fauna L-m3nt4l, r4Rørrelatos, Para leer en voz alta, Susurros a gritos, Relatos dispersos y sus dos primeras novelas cortas, Cuando nadie nos ve, obra episódica sobre las desventuras de un hombre invisible, y Arqueología Temporal, con unas cuantas suposiciones acerca de cómo se vería un mundo con máquinas del tiempo. Colaborador habitual de BCNescribe, ha participado en sus libros grupales El hotel de las musas y Cachitos (de tierra, fuego, agua y aire), en la revista LaRosa y actualmente trata de coordinar el taller semanal de los martes. También se ha atrevido con un catálogo de sus ilustraciones, Mimbølokus, y con su primer libro infantil ilustrado, Trencaestels i els follets de l’espai (versiones color y para pintar).
Anteriormente divulgó en redes más de un centenar de escritos bajo el pseudónimo s3r r4Rø, material que puede ser consultado en la web www.macrorraro.com, el cajón de sastre virtual del autor.
Entre otros proyectos variopintos, entre los que se encuentran muchos perros verdes, sigue batallando con los últimos capítulos de Columnas de humo, su interminable intento de novela larga.
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