Esta vez me ha quedado bastante bien. No ha sido una tarea fácil. Con el tiempo he visto cómo cada vez llega peor el material. Esto me obliga a desarrollar técnicas cada vez más sofisticadas para obtener un resultado final destacable. Me siento satisfecho. Después ha venido JuanMa, su hijo, y me ha felicitado por mi buen hacer. Por fin mi obra será expuesta mañana, donde todos los familiares y amigos podrán disfrutarla. Siempre asisto a estos eventos porque es el premio al buen trabajo: la inauguración de la exposición. Algunos llorarán, otros lo mirarán con ojos melancólicos, otros girarán la cara hacia otro lado porque les resultará demasiado impactante, y siempre habrá quienes harán ver que no existe tal escena. En fin, me gusta observar dicho espectáculo. No entiendo la moda que existe actualmente en el mundo funerario de quemar los cuerpos y no darles la oportunidad de mostrarse en una de sus mejores versiones.
Hoy me llega un cuerpo nuevo. Está en buen estado. Mejor conservado que en la mayoría de ocasiones. A esta materia prima vale la pena dedicarle tiempo. Llevo demasiado en esta profesión y me gustaría hacer algo diferente. Superarme a mí mismo. Que todo el mundo pueda admirar mi trabajo.
Empiezo con los preparativos. Miro su ficha, su nombre y algunos datos. A menudo estas fichas son más explicativas que lo que después te contará la familia sobre el sujeto. Lo despojo de su ropa. Ahora puedo percibir su fragilidad. Me acerco a notar su olor. No hay nada destacable esta vez. Resulta curioso. Lo lavo con agua tibia, siguiendo mi orden ritual, y lo peino. Lo afeito. Le reviso las manos y los pies y repaso esas uñas que, contra todo pronóstico, ya no crecerán. De repente, en este proceso noto un temblor. Algo imperceptible. ¿Será que lo he imaginado? Sigo con mi empeño y le acomodo la boca para que tenga una expresión relajada. Curiosamente ha llegado con los ojos cerrados. No siempre es así. A menudo llegan con la cara desencajada. Masajeo su piel antes del maquillaje. El masaje me ayuda a darle un aspecto más natural. Esta vez, sin embargo, parece plácidamente dormido. Tiene una expresión serena. Comienzo con la pintura-base, igualando el tono de toda su piel. Elimino todas las imperfecciones sin borrar su historia. Todos tienen una, y hay que respetarla: una cicatriz de la infancia, un lunar particular, una marca de nacimiento… De repente percibo como sus párpados tiemblan de nuevo y quieren abrirse. Su piel parece ahora más rosada. Cerca del pecho, un sonido rítmico y un ligero suspiro, apenas audible. Ahora ya sé que no lo imagino. Pero ya es muy tarde. La pieza está casi finalizada. Mi mano encuentra el hueco bajo su mandíbula y se queda allí, con una presión constante pero firme, esperando que su cuerpo deje de temblar. El suspiro melódico se ha detenido. Ahora su expresión vuelve a ser la de antes, dulce y serena. A continuación, le pongo la camisa blanca y la abotono lentamente, uno a uno los botones. Acomodo sus manos en el pecho y me alejo un metro de distancia para observar el resultado final. Le ajusto el cuello de la camisa y le aliso el pliegue de la frente. Sí, ahora lo veo. Ha valido la pena el esfuerzo. La obra ha quedado perfecta. Es una obra maestra.
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