Mi mami me tiene un poco harto. Le gusta tanto salir de casa y viajar, que me tiene muy, pero que muy harto. Esta vez se ha ido a las Islas Galápagos con la excusa de que tiene que recoger no sé qué piedras. El día que se fue, hizo como cada viaje. Me dio su anillo preferido, para que se lo cuidase y, así, devolvérselo a la vuelta. Hoy vuelve y tengo muchas ganas de verla y, sobre todo, de olerla, porque en cada viaje viene acompañada de un olor nuevo, raro, como si se tratase de una comida de un país lejano. ¿Cuál será esta vez su olor? Ya oigo la puerta. Ahí viene. La abrazo con fuerza y me acerco su pelo a mi nariz para descubrir su nuevo olor. Esta vez huele a hierba recién cortada. Ni idea de dónde se habrá metido esta vez. Deja la bolsa de viaje en su habitación y, yo como siempre, no puedo aguantarme las ganas y empiezo a sacar todo lo que hay dentro, por si encuentro algún tesoro. Ella, mientras tanto, hace lo de siempre después de cada viaje. Se pone a calentar agua y prepara sus hierbas preferidas. Siempre me han parecido vomitivas.
Aprovecho para chafardear todo lo que puedo en su bolsa. Empiezan a salir jerséis, pantalones, bragas, camisetas y, de repente, veo algo verde en el fondo. Algo que se mueve dentro de la bolsa. Es una tortuga, una tortuga enorme. Me mira con sus ojos grandotes, con la misma sorpresa que yo, y me saluda.
– ¿Tú quién eres? -me pregunta.
Yo, dudando si hablar con desconocidos o no, le contesto:
-Me llamo Pol.
-Yo soy Gertrudis. He venido de vacaciones a tu casa. Estaba cansada de vivir en una isla donde todo es muy aburrido. Siempre quise conocer el mundo y aquí estoy.
Entonces, agobiado por la reacción de mi madre, le pregunto:
– ¿Mi mamá sabe que estás aquí?
-No. -me contesta-, todavía no se lo he dicho. No querría arriesgarme a quedarme sin pasaje.
-Pues tendremos que hablar con ella, porque no quiero que me riña. ¡Tiene un carácter! Siempre me dice que no hable con desconocidos.
-Pol, ya habrá tiempo de hablar con ella. ¿Qué edad tienes?
-Tengo 9 años, ¿y tú?
– Pues he perdido la cuenta ya. Creo que alrededor de 175 años. Pero, aunque sea vieja, estoy contenta, porque he visto muchas cosas y soy muy sabia.
– ¿Y cuánto tiempo te vas a quedar? No tenemos una habitación para ti. Tenemos que hablar con mamá para que nos ayude a organizarlo.
– Todavía no lo he pensado, la verdad. De hecho, aún no sé cómo voy a hacer para volver a casa.
– No te preocupes. Conociendo a mi mami, no tardará en encontrar una excusa para volver de viaje otra vez allí. ¿Cómo piensas pasar tus vacaciones? ¿Qué hacéis las tortugas?
– Pues lo mismo que tú: tomar el sol, descansar, jugar… ¿Tienes una pelota? Me encanta jugar a la pelota.
– Vámonos entonces al jardín y hacemos un partido.
Me miro a la tortuga. Sus movimientos son lentos. Me da miedo que mamá pueda aparecer en cualquier momento y nos pille. Avanzamos despacio hacia el jardín y, cuando llegamos, encontramos a mi madre sentada en la hamaca, tomando sus hierbas. Está claro que no voy a poder esconder por más tiempo a Gertrudis.
Me coloco frente a ella. Detrás de mí está Gertrudis.
-Mamá, has venido acompañada de tu viaje. ¿Lo sabes?
– ¿A qué te refieres, Pol? -responde mi madre.
– A Gertrudis. Me ha preguntado si puede pasar unas vacaciones en casa.
De repente, veo los ojos de mi madre. Se han abierto como platos y nos mira fijamente a los dos.
La pobre nunca vio demasiado bien, siempre con sus gafas de culo de vaso. Y las lentillas tampoco le sirvieron de mucho. Gertrudis, queriendo ser simpática con mi madre, la saluda, y es entonces cuando mi madre se cae de la hamaca.
– ¡Qué torpe es la gente mayor! -pienso.
Voy a recogerla del suelo y Gertrudis que me ayuda, le sopla su aliento para despertarla. Dice que es lo que hacen las tortugas viejas. Desde aquel día del aliento de Gertrudis, mi madre ya nunca fue la misma.
Ahora ya no viaja tanto. Le gusta quedarse a jugar conmigo y con Gertrudis en el jardín. Jugamos a la pelota y siempre quiere ganarnos. Supongo que algún día volverá a las Galápagos y Gertrudis se irá con ella. La voy a echar de menos.

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¡Qué torpe es la gente mayor, sí!